De la capa de ozono al referéndum catalán: las razones equivocadas para el optimismo climático

Hace unas semanas me sorprendía un artículo de un conocido divulgador ambiental sobre cómo el del agujero de la capa de ozono era una historia inspiradora a la hora de abordar la lucha contra el cambio climático. El título, muy explícito, era: ” El ejemplo de la capa de ozono: ¡sí se puede!”. Si hay algún ejemplo que los investigadores en la comunicación y la psicología del cambio climático aconsejan no usar para hablar del reto del cambio climático es, justamente, el del agujero de la capa de ozono. Y aquí un apunte: no, el agujero de la capa de ozono no tiene ninguna relación con el cambio climático, aunque casi tres de cada cuatro españoles así lo crea. Repito: nada. Son fenómenos completamente distintos. Pero -y aquí la pregunta es legítima- podría ser que, aún siendo procesos atmosféricos que nada tienen que ver, la rápida acción internacional que consiguió solucionar la crisis del ozono pudiese servir para echar la vista atrás y decir: ¡Sí se puede! Y creedme, me encantaría que se pudiese hacer, y que esto fuese un telefilm de domingo por la tarde en Antena 3, pero la realidad es tozuda y complicada.

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Agujero de ozono sobre la Antártida (Septiembre 2006)

Os pongo la comparación que uso en “No Es Tarde“. El agujero en la capa de ozono es como una alergia alimentaria: eliminando el alimento que la causa (los famosos CFCs) solucionamos el problema. ¡Fácil! El cambio climático, sin embargo, es como un sobrepeso debido a un estilo de vida que parecía hacernos las cosas más fáciles, pero nos estaba perjudicando. Al mismo tiempo que nos provoca una cardiopatía, afecta también a los huesos y nos hace más propensos a decenas de enfermedades. La receta, en este caso, es muy distinta: ni sólo con ejercicio ni sólo con dieta nos pondremos en forma, ni mucho menos seremos capaces con la única ayuda de la medicación. Y en cualquier caso, no podremos hacerlo tampoco tan rápidamente como quisiéramos, porque podría haber consecuencias negativas. Y no podemos hacer trampa: ¿computaríamos como una pérdida de peso saludable la amputación de una pierna? Pesaríamos menos, pero al mismo tiempo estaríamos aún peor.

Además, entender qué significa realmente el cambio climático implica dejar de compararlo con el agujero de la capa de ozono y fijarse en otros ejemplos. Como señalan los expertos en comunicación del cambio climático Adam J. Corner y Jamie Clarke en su libro “Talking climate“:

“Tal y como es dolorosamente patente en retrospectiva, el optimismo creado por el rápido y relativamente directo éxito del protocolo de Montreal [el acuerdo por el que se limitaba el uso de los CFCs], no se ha visto replicado en las negociaciones internacionales respecto al cambio climático.

(…)

Mientras que el contaminante primario implicado en la destrucción del ozono -los CFCs- se limitaba a un relativamente pequeño número de productos industriales (y podía por lo tanto ser reemplazado por una alternativa con perturbaciones mínimas), las emisiones de carbono están implicadas en prácticamente todos los aspectos de nuestras vidas. El uso de energía está imbricado con nuestras prácticas sociales de una forma intricada.”

Para mí, el peligro latente está en que este optimismo sobre el ozono, que tuvo una solución puramente técnica, se traslade intacto al calentamiento global, que no se solucionará con una tecnología futura. Eso se llama tecno-optimismo infundado, y es uno de los grandes obstáculos para la acción climática. ¿Para qué actuar, si ya lo solucionará alguien, como ha pasado antes tantas veces? ¿Por qué hacer nada a nivel individual, si es un problema de la industria? La palabra clave en la cita de Corner y Clarke es “social”. El cambio climático no es ya un problema científico, ni tecnológico: es social. Compararlo con la sustitución de los CFCs es hacer un ejercicio de peligroso reduccionismo, por buenas que sean las intenciones.

Resulta más interesante caso de la industria del tabaco y su negación sistemática de los efectos perniciosos en la salud humana. Es buen referente por la complejidad social, los intereses empresariales y la connivencia institucional que se presentan en el caso. O incluso, a nivel de estructurar campañas y mensajes, Corner y Clarke señalan que, dado que hablamos de un problema social y que afecta a las personas, deberíamos fijarnos también en el fin del apartheid en Sudáfrica o las primeras campañas de lucha contra el SIDA. Buscar referentes más allá de los asuntos puramente ambientales, porque el cambio climático no va (sólo) del Amazonas y osos polares.

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Una niña de Alaska, cuyo pueblo se hunde y será devorado por el mar. El cambio climático va de personas.

Un último apunte. Pocos días antes del artículo del ozono, a principios de septiembre, una encuesta lanzaba el dato de que incluso los catalanes estaban más preocupados por el cambio climático que por el referéndum, y se observaba este resultado como algo positivo, esperanzador. Aún compartiendo una cierta alegría (?) por el desvelo ciudadano respecto al cambio climático, sólo desde una tremenda distorsión de la realidad puede asumirse en realidad que se preocupan más por éste que por la situación política y el referéndum. Como está más que estudiado en estas cuestiones, decir que “te preocupa” algo relativo a la naturaleza -que es como se percibe el cambio climático: como una narrativa del mundo natural, no humano- está bien visto. Manifestar una cierta conciencia verde está muy aceptado en nuestra sociedad… siempre y cuando no cause disrupciones en el orden social, político o económico, por supuesto. Sin embargo, y como se pone de manifiesto con casi todos los estudios sociológicos al respecto, el cambio climático se percibe como un evento que se producirá en el futuro y no nos afectará personalmente. Es decir: es algo muy preocupante, y claro, nos preocupa -porque está bien que nos preocupe y nuestros vecinos y amigos lo valoran positivamente- pero no haré nada, porque ya inventarán algo y además a mí no me tocará. Estos dos mapas del New York Times son especialmente elocuentes.

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En resumen, debemos tener mucho cuidado con qué narrativas impulsamos. Frenar el cambio climático en un umbral que nos permita afrontar el futuro con garantías (los famosos 2ºC) es aún posible, y por eso este blog y el libro que saldrá en breve se llaman “No Es Tarde”. Pero ojo, porque si nos creemos que la preocupación implica acción, y a la vez que el cambio climático es homologable al agujero de la capa de ozono (acuerdo internacional -París-, solución técnica -renovables- y arreglado -a consumir como siempre-), estaremos alimentando la inacción y perdiendo un tiempo precioso. Y puede que aún no sea tarde, pero se está haciendo tarde.

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