Que les den a las generaciones futuras, o por qué la palabra “sostenible” no vale para nada

Recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que oí hablar de “desarrollo sostenible”. Fue a mi profesor de Ciencias de la Tierra en segundo de bachillerato, mientras nos explicaba en qué consistía eso de las Reservas de la Biosfera con el ejemplo de Urdaibai. “Conservar la naturaleza”, dije, y él me dijo: sí, pero no. La cosa iba más de preservar el medio ambiente para las generaciones futuras, de no impedirles un desarrollo en condiciones. No era sólo cuestión de “proteger”, sino de poder usarlo de aquí unos años, de no agotarlo. No eran reservas naturales: los humanos formábamos parte de la ecuación.

El término “desarrollo sostenible” es de 1987 –de hace tan poco, de hace tanto-, y se usó por vez primera en el Informe Brundtland, de título “Nuestro Futuro Común”, que luego sería piedra angular de la Cumbre de la Tierra de Río en 1992. A casi cualquier estudiante hoy se le pregunta, en un momento u otro de su periplo académico, por una definición de desarrollo sostenible, y si quiere sacar un 10 en esa pregunta sólo tiene que responder que consiste en:

Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades.

Y ya está. ¿Qué son nuestras necesidades? ¿Cuáles serán las futuras? ¿Qué es “comprometer”? Eso no está nada claro. Y durante estos años, y a pesar de la progresiva prostitución y mercantilización del término “sostenible” (hasta en la sopa nos lo encontramos, no me digáis que no), hemos ido forjando la idea de que la cosa consiste, más o menos, en no joderla demasiado. Que los que vengan detrás ya se apañarán, sólo tenemos que evitar liarla parda, como la socorrista de la piscina.

De la misma forma que nos gustan los osos polares como símbolo frente al calentamiento climático (alejados por completo de nuestro día a día), nos entusiasma que todo sea “sostenible”, porque nos permite seguir con la estrategia de patapúm parriba, a lo Clemente. Nos da la tranquilidad de ir posponiendo los problemas, porque es una cuestión de generaciones futuras, no de ahora. Ya inventarán algo, oye. Ya se apañarán.

El desarrollo sostenible va e irá siempre de generaciones futuras, de veinte o cincuenta años vista, pero… ¿sabéis qué? Nosotros ya somos las generaciones futuras de quienes redactaron el informe de 1987. N-O-S-O-T-R-O-S. De la misma forma que ha llegado el día en el que Marty McFly aparece en el futuro, ha llegado también el momento en el que no nos podemos seguir considerando presente. Somos de quienes hablaban en Río, en Kyoto, en Roma.

Sí, Marty, no os hemos hecho ni puto caso. Lo de que tus hijos vayan a la cárcel es lo de menos, ya te lo digo yo.
Sí, Marty, no os hemos hecho ni puto caso. Lo de que tus hijos vayan a la cárcel es lo de menos, ya te lo digo yo.

Nos afectan todas y cada una de las decisiones sobre el cambio climático, porque el cambio climático ya está aquí. La temperatura ya ha aumentado, el nivel de los océanos ya ha subido y las cosechas ya notan los efectos del calentamiento global. No podemos seguir buscando subterfugios en los que escondernos para no actuar. Tu yo del futuro no tiene ninguna varita mágica para cambiar el pasado, ni tampoco tenemos un Delorean para empezar a hablar de esto cien años antes de que empiece.

Sólo nos tenemos a nosotros, ahora.

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