Por qué no nos deberían importar los osos polares

¿Por qué no encabezar el blog con una foto de osos polares? ¿Por qué en vez de una niña de Alaska a la que nadie conoce no pongo una imagen de un animal que todos conocemos, y por cuyo destino trágico todos sentimos lástima? Porque estoy realmente harto de los osos polares, y porque no sirven para nada.

Oso polar

En una búsqueda rápida y genérica sobre cambio climático –no tenéis más que hacer la prueba- os aparecerán decenas de imágenes de adorables osos blancos, la mayoría de ellos en trozos de hielo menguantes. Los cachorros son especialmente achuchables y además, nunca interaccionaremos con los adultos (afortunadamente para ambos). Son el icono perfecto. Adorables, lejanos, y con un problema fácil de identificar: el hielo se derrite y cada vez tienen menos espacio.

Una escultura que sirve como termómetro y panel informativo en un centro comercial de la bahía de Odaiba, Tokyo (Japón). (Foto: Divercity Tokyo)

Una escultura que sirve como termómetro y panel informativo en un centro comercial de la bahía de Odaiba, Tokyo (Japón). (Foto: Divercity Tokyo)

La pega, sin embargo, es que no me sirve de nada un oso polar para hablar de cambio climático en España. Genera un cierto sentimiento de simpatía, pero nada más: está tan lejos de nosotros que inmediatamente nos desentendemos. Decimos “¡Pobres animales!” y nos olvidamos. ¡Pero si están a 4.000 kilómetros! No percibimos que haciendo algo –lo que sea- vayamos a solucionar nada porque, de hecho, no cambiaríamos mucho. Y su declive poblacional está completamente fuera de nuestro día a día: desde que nos levantamos hasta que nos acostamos nada nos hace acordarnos de ellos.

Siempre hay una tira de Mafalda para cualquier situación, y esta, no me lo negaréis, es perfecta.

Siempre hay una tira de Mafalda para cualquier situación, y esta, no me lo negaréis, es perfecta.

Nos gustan los osos polares porque nos permiten no hacer nada contra el cambio climático: los vemos como una tragedia en la que descargar nuestra mala conciencia, pero firmando una petición online no disminuyen las emisiones de efecto invernadero. Nos gustan los osos polares porque nos ahorran mirar alrededor y cambiar las cosas sobre las que sí tenemos poder.

Escribía Philip K. Dick que “La realidad es aquello que, incluso aunque dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece”. Si utilizamos como símbolo del calentamiento global a los osos polares, podremos evitar pensar en el cambio climático casi sin esforzarnos: hace falta un gran voluntad para situarse mentalmente más al norte del Círculo Polar Ártico cada vez que dejamos el coche y cogemos el autobús. Necesitamos símbolos cercanos. Símbolos que no desaparezcan al cerrar los ojos, que podamos tocar aún en la más completa oscuridad. Símbolos de los que no nos podamos olvidar, ni aunque queramos.

¿Me ayudas a buscarlos?

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